UN ABRAZO REAL YA (Una carta de Tomas Segovia)



NADIE NOS ESTRANGULA

Querido Matías Vegoso:

Es claro que cuando preguntas a los indignados y a los hartos-hasta-la-madre quién se supone que los estrangula, no esperas que te contesten ellos, esperas que te conteste yo, y calculas que no tendré más remedio que confesar que no es nadie. Pues sí, lo confieso: nadie nos estrangula. ¿Recuerdas la astucia de Ulises, el hombre de las mil tretas, cuando se burla de Polifemo haciéndole creer que se llama Nadie? Así, los cíclopes no pueden castigarle cuando le revienta el ojo único a Polifemo, porque ¿cómo pueden castigar a nadie? ¿Y por qué tendrían nuestros estranguladores que ser menos astutos que aquel viajero nostálgico? Para empezar, los que a nosotros nos dejan a oscuras, los especuladores de las finanzas, los calificadores del mercado, los corruptos de la política, son nadie donde tendrían que ser más indudablemente alguien: ante la justicia. Hasta el mismo New York Times decía en un artículo reciente que los especuladores causantes de la crisis y de la ruina de más de un país no son simples estafadores y defraudadores, son auténticos criminales que merecen no sólo que el público los desprecie, sino que la policía les eche el guante. Contamos además con wikileaks, con Anonymous, con las “redes sociales”, con algunos documentalistas y periodistas investigadores: sabemos casi siempre los nombres y apellidos y los pelos y señales de sus tropelías; de nadie sirve: nadie va a ir a la cárcel. Podemos saber todos cómo se llama Ulises; para nuestra ciclópea justicia se llama Nadie.

Porque los varios movimientos que estamos viendo nos muestran que todos sabemos que las democracias están gravemente enfermas y que en ellas todos estamos expoliados, estafados, estrangulados. La vieja lucha de clases se ha transformado en una especie de guerra total entre todos y ellos. Pero si las víctimas somos todos, ¿quiénes son ellos? Lo dicho: nadie. Los acampados de las plazas y los caminantes de las marchas proclaman la verdad que todos sabemos. Allí donde están ellos la vedad simplemente no existe. No es que un especulador no sepa que él es un cínico criminal; es que allí donde él está, ser cínico y saberlo no significa nada, ni bueno ni malo, ni serio ni frívolo: nada. Y es claro que en un lugar donde no existe la verdad y donde nada es bueno ni malo no puede haber nadie.

Te lo diré de otra manera: ellos, por supuesto, están entre nosotros con nombres y apellidos y con pelos y señales. Para nosotros, aquí, en lo real, incluso en lo real social, son alguien. Podríamos hacerles responder de sus actos, que no otra cosa significa ser alguien: el que puede o debe responder de sus actos. ¿No es eso lo que piden acampados y marchadores? Pero ¿cómo hacerles responder en la plaza pública o a media carretera? ¿Ante quién? Si los juzgara la muchedumbre en plena calle, eso no sería un juicio, sería un linchamiento o por lo menos un motín. Pero supongo que habrás notado que uno de los rasgos admirables de estas nuevas rebeldías es que saben perfectamente que la violencia, y por tanto los motines, no es cosa suya, es cosa de sus enemigos, cosa de ellos. Cuando ellos se infiltran entre los indignados y recurren a la violencia, los indignados no han dejado nunca de señalar que ésos no los representan, sino que intentan robarles esa representación como se la roba al ciudadano el diputado que pide su voto y lo usa para robar. (Y a propósito, ¿quieres apostar a que en la movilización de este domingo que viene habrá provocadores que sin duda las “fuerzas del orden” tienen ya preparados y que permitirán a los biempensantes españoles y sus grandes medios de comunicación acusar de violentos a los pacíficos?)

Quien tendría que pedirles cuentas a nuestros estranguladores sería obviamente la justicia. Pero ¿cuál justicia? Todos sabemos que si hay amotinados, no están entre nosotros, están con el poder, muy especialmente con el poder judicial. Si los gobiernos democráticos castigan a las víctimas y premian a los criminales, como todos sabemos que están haciendo, es claro que, mirados desde nuestra perspectiva, están amotinados con esos criminales. Aquí es donde se ve claramente que hay dos mundos enteramente incomunicados y en plena guerra total (por ahora no violenta, por lo menos de nuestro lado). Aquí, entre nosotros, entre todos, ellos son alguien, alguien visiblemente responsable de estrangulamiento y enemigo de todos. Pero nosotros, todos, no tenemos policía, no tenemos jueces, no tenemos ejército como por ejemplo el gobierno mexicano, y además no queremos amotinarnos. Mientras que allá donde hay policía y jueces y ejército, ellos son nadie. La cosa es clara: si escuchas el discurso del poder, de cualquier poder “democrático” de nuestros días, es evidente que lo que aquí sabemos todos en ese universo es rigurosamente ignorado. No es exactamente que no se sepa; se sepa o no se sepa, es exactamente como si no se supiera. Como acaba de decir el presidente de la Asociación Española de la Banca, buscar culpables son ganas de perder el tiempo; hay que buscar cosas más pragmáticas, por ejemplo cómo ayudar a esos mismos banqueros que está fuera de cuestión si son o no son culpables, porque total: es como si no lo fueran. Para la justicia, para el poder, no son nadie.

¿No comprendes, querido Matías, que de eso se trata en las acampadas y las marchas? De pronto todos somos perfectamente conscientes de que entre nosotros y los que nos “representan” toda comunicación es imposible o es fraudulenta o es ilusoria. ¿Cómo va a representar a un votante de Izquierda Unida un “representante” que, una vez nombrado, apoya al PP? ¿Cómo va a representar a un votante del PRD mexicano un diputado de ese partido que se alía con el PAN? ¿O a un votante socialista un gobierno que recorta el gasto social y privatiza a troche y moche? Más difícil parece explicar que tampoco representa a un votante del PP un político que roba a mansalva, porque a ese votante parece no importarle que vacíen las arcas públicas, pensando tal vez que no es su dinero el que se llevan, sino el de ese malvado Estado opresor que hubiera querido malgastarlo en esas prestaciones sociales tan poco redituables. Por eso, querido Matías, permíteme que te lo diga, si los acampados y marchadores, que no están con ningún partido, no son políticamente ni de izquierda de derecha, son filosóficamente más de izquierda que de derecha, porque es la derecha la que participa siempre más o menos decididamente en el discurso del poder. Casi podríamos decir que no hay derecha filosófica: la derecha es siempre política. El votante del PP queda filosóficamente tan burlado por su representante corrupto como el del PSOE o el PRD; sólo que él no es filosófico, somos tú y yo los que nos damos cuenta.

No hay comunicación entre esos dos mundos porque en el nuestro, en la sociedad real, basta echar la menor mirada al desempleo, a los recortes sociales, a la llamada reforma laboral, para ver que estamos siendo estrangulados de mala manera, pero allá, donde nosotros no estamos bajo forma real, sino sólo representados –allá nadie nos estrangula, allá nadie es culpable. Eso significa la fórmula de los acampados de la Puerta del Sol: democracia real ya, o sea justicia real ya, justicia social ya, democracia social ya. O también podríamos decirlo así: lenguaje real ya. Un lenguaje en el que ellos tienen nombre y apellido, se llaman como alguien, como Ulises, y no pueden llamarse Nadie, porque si Ulises se declara Nadie es evidentemente para no responder. Por eso yo espero fervientemente que nuestros indignados y hartos-hasta-la-madre no acepten ni un solo momento dialogar con el poder en su lenguaje, entrar en el discurso del poder, que es dejarse arrastrar al terreno del poder; que obliguen por el contrario al poder a hablar en la lengua de todos, que es la única que puede ser la lengua de la verdad, en la que se piden cuentas a unos seres que son siempre alguien; que no dejen un momento de exigir, con ese rigor que es también, no lo ignoremos, amenazante para el poder, con la fuerza de la verdad que todos sabemos, un lenguaje real ya.

Un abrazo real ya de tu amigo
T. S
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